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Religiones ateas

Todos creemos en algo, lo sepamos o no. Podemos ignorar nuestras creencias, pero las seguiremos teniendo y serán la lente a través la cual interpretaremos la realidad, definiremos nuestros objetivos o reaccionaremos emocionalmente. Todo aquel contenido que no se lleve a conciencia y pase a través del filtro de la razón seguirá operando desde algún rincón oscuro de la psique. No es necesario esforzarse por creer en algo, pero sí recomendable. La mente humana está preparada para generar respuestas automáticas ante nuevos acontecimientos en base a postulados previos. Sabemos que los instintos, las emociones y otras respuestas fisiológicas pueden originarse en la mente sin la necesidad de un estímulo externo veraz que las justifique. Lo externo será interpretado en función de lo interno, y si el prisma interno es deficiente, la percepción de la realidad también lo será, haciendo desproporcionadas e incongruentes nuestras reacciones y reflexiones respecto a todo lo que venga de fuera.

Nuestra filosofía personal puede ser el resultado del estudio y la reflexión. Aunque lo habitual es que en nuestro pensamiento existan interferencias de programas mentales ajenos que se hayan instalado en nuestro cerebro con la sonrisa cómplice del respaldo social. Esa baratija de software impostado nos ofrecerá una amplia gama de respuestas fáciles a las preguntas esenciales, ahorrándonos la angustia de la incertidumbre y la incómoda responsabilidad de tener un criterio propio. Seguridad, certezas y conclusiones sociales y existenciales de grosera simplicidad, sencillas de digerir y útiles para salir airosos de situaciones moralmente comprometidas. Esas son las promesas que nos brindan religiones, ideologías, sectas, partidos políticos, clubes deportivos y otras formas de pensamiento con pretensión de universalidad.

Todo empieza por la realidad, por el concepto de realidad. Los cientificistas asumen que lo real es lo perceptible por los sentidos o por sus extensiones instrumentales. Lo que astrológicamente se correspondería con el elemento tierra. Aun así, William James demuestra que la experiencia subjetiva, si bien no es medible experimentalmente a través de un aparato externo a la propia mente individual, es real en cuanto es capaz de influir en el universo material. Por ejemplo, podemos creer erróneamente que alguien quiere matarnos, y aunque se trate de una creencia falsa, nuestras respuestas fisiológicas ante la supuesta amenaza serán medibles externamente (incremento del ritmo cardíaco y respiratorio, sudoración, palidez en el rostro, etcétera). De modo que el espacio subjetivo es real en tanto que sus procesos y contenidos son capaces de influir sobre la química y la física de un cuerpo humano.

Podemos ir más allá y aludir a la existencia de un espacio intersubjetivo, es decir, un ideario colectivo o sustrato cultural o psíquico que comparte un grupo de individuos. Los nacionalismos, por ejemplo, a menudo tratan de explicarse con argumentos tan intangibles como el sentimiento de pertenencia, la cultura común o una forma particular de pensar. Aquello que astrológicamente podría explicarse a través del tema natal de la nación y que definiría el modelo vibracional de la misma, sería algo más complejo y abstracto de definir con las herramientas de las ciencias humanas. Lo que es evidente es que las ideologías se fundamentan en la capacidad que poseen los individuos para compartir un mismo sesgo de realidad, lo cual les llevará a ver el mundo y a reaccionar ante él de manera casi equivalente. La identidad se extiende allá hacia todo aquello con lo que nos identifiquemos. Si soy un capitalista a ultranza, mi cuerpo y mi mente tenderán a interpretar las críticas al capitalismo como una agresión directa a mi persona, con toda la alteración psicológica y fisiológica que ello comporta, y el resto de individuos que compartan mi visión lo experimentarán de un modo similar.

En el espacio intersubjetivo es donde se desarrollan las creencias compartidas y los otros modelos explicativos de la realidad. Aquí aparecerá el concepto de dios, asociado a Júpiter, como causa final de la infinita cadena de porqués que el Mercurio fiscal debería hacer como proceso de validación crítica. Dios, en la ciencia, son las leyes naturales que explican el comportamiento de la materia. La ciencia actúa como religión atea, al igual que puede hacerlo cualquier ideología política cuyo dios sea la ley, el pueblo, la equidad, la consecución de un estado propio o cualquier elemento vertebrador intocable, sagrado y organizador de otros principios subordinados. La mente tiende a deificar, a creer en la existencia de algo superior. Como decía el astrólogo Howard Sasportas, la Casa III recopila datos y la IX establece conclusiones. La Casa III deduce y la IX induce. Nuestros dioses son nuestras conclusiones o inducciones, porque son los principios y leyes que van a determinar la forma en que veamos el mundo. Ignorar las propias creencias personales puede tener un efecto tan devastador como el aceptar acríticamente cualquiera de las que nos ofrece la sociedad. Porque si nuestras creencias son poco realistas, nuestra visión de la realidad también lo será, y en consecuencia, seremos incapaces de idear planes de acción congruentes con nuestros objetivos. Las creencias personales, sociales o existenciales de baja calidad nos condenarán a un tipo de existencia sesgada y potencialmente perjudicial para nuestra salud física, mental, emocional y espiritual.

La astrología no da respuestas, pero ofrece los instrumentos de análisis más precisos que en mi opinión se pueden encontrar. Si nuestros dioses son cápsulas de conocimiento de carácter jupiteriano, sólo podremos disolverlos mediante su opuesto natural, el analítico Mercurio. Cada una de nuestras consignas vitales debería estar sometida al exhaustivo interrogatorio mercurial en una intensa batería de preguntas del tipo, ¿por qué sabes qué es así?, ¿cómo sabes que funciona de esta manera?, ¿existen excepciones?, hasta hallar los enunciados iniciales, nuestros dioses, que deberán ser sometidos a un nuevo examen de realidad saturnino, más maduro, preciso y riguroso que cuando establecimos aquella conclusión, probablemente en algún momento de exaltación emocional. Porque Júpiter, recordemos, se exalta en el signo de Cáncer. En un estado de sensibilidad somos más receptivos a las recetas existenciales jupiterianas. Casi todas ellas contienen sesgos de simplificación, exageración y generalización. La sencillez, como decíamos al inicio, es cómoda y predecible. El pensamiento en clave de multiplicidad, multicausalidad, proporcionalidad o rigor estadístico es, en la mayoría de los casos, difícil y agotador. Es, por decirlo en términos del planeta que se exilia en Cáncer, saturnino, y por lo tanto, necesario.

Y saturninas también serán las reacciones que generarán aquellos sistemas de creencias incompatibles con nuestros impulsos naturales. Si sentimos culpa, vergüenza o miedo por no adecuarnos a unos criterios morales, ideológicos o religiosos determinados es posible que sea porque éstos están solapando y contradiciendo a nuestra auténtica e ignorada ética personal. Es el precio de eludir el trabajo interno: basura filosófica limitante, origen de todo tipo de sinsabores, odios y resentimientos.

No puede existir una felicidad completa sin una filosofía que permita sostenerla. Porque la felicidad, propia y de los seres queridos, es la finalidad superior de toda existencia humana (más allá de los planes automáticos de la genética), y debe sustentarse en un sistema de creencias adecuado a la realidad (Saturno), congruente (Mercurio), personal (Sol) y acorde con las propias necesidades (Luna), gustos (Venus) y área de acción y de influencia (Marte).

Robert Martínez, 2013.



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