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Falacias planetarias

“Si caminara sobre el agua mis críticos dirían que no sé nadar.”
- Berti Vogts

Cuando las redes sociales se inundaron de tributos y mensajes de consternación por la muerte de Steve Jobs, no tardaron en surgir voces indignadas denunciando que la cobertura mediática de Jobs había eclipsado el reciente fallecimiento de Wilson Greatbach, inventor del marcapasos. ¡Cómo equiparar a una persona cuya aportación ha servido para salvar vidas con la de un tecnócrata! Pero, ¿qué se censuraba exactamente? ¿Que se encumbrara a Jobs, que se ignorara a Greatbach o que el público sufriera una denunciable crisis de valores? Probablemente un poco de las tres. El problema es que el razonamiento que subyace a la hora de realizar esta crítica podría extrapolarse a cualquier situación. Todas las acciones, incluso las positivas, están incompletas o podrían mejorarse si añadiéramos nuevas variables.

Una acción que no excluye a otras debería poder ser evaluada por sí sola sin necesidad de referirse a la infinidad de hipotéticas alternativas. Pero la alusión a la ausencia constituye una sabrosa golosina para la mente ansiosa de poder y control, porque con ella el crítico se adueña de la razón, y desde el acomodo de su palestra intelectual sueña con situarse por encima de lo criticado con un esfuerzo exiguo. Nada es lo suficientemente bueno o adecuado porque siempre existirá una opción mejor a la escogida. Y si no la hay, tendrá el recurso de aludir a un momento pretérito en el que se podría haber obrado de un modo distinto y presumiblemente más favorable.

Mercurio es el tramposo por excelencia, y se valdrá de las artimañas más propias de un neurótico para esquivar la verdad y presentar en su lugar un sucedáneo tan apetitoso como indigesto. La crítica a la omisión, llevada al extremo que señalamos, es hermana de la envidia, y se nutre de comparaciones interesadas para reclamar una suerte de justicia hecha a su medida. ¿Y qué tiene que ver la justicia con Mercurio? Nada, aunque Mercurio siempre tiene una opinión y sembrará la duda a través de un uso tendencioso de los conceptos morales. Si una ley favorece a un colectivo determinado, nuestro Hermes se pondrá el traje de capitán demagogia e impelerá al público a preguntarse, ¿y por qué estas prerrogativas son exclusivas de un colectivo concreto y no de otros si todos somos iguales?, ignorando interesadamente el momento, lugar, circunstancias, intereses y razones concretas que han impulsado la medida y haciendo un uso perverso del tan cacareado y mal comprendido concepto de igualdad.

Política, fútbol y religión son tres de las áreas del conocimiento más abonadas al fanatismo, la manipulación y los sesgos cognitivos. La existencia de vínculos emocionales por la ideología propia acentúa la selectividad perceptiva y enfatiza aún más la afiliación por determinadas jerarquías de prioridades. Eso nos lleva al espinoso tema de los valores. Las pantagruélicas discusiones en torno a estos temas suelen residir en una simple divergencia de valores, territorio de Venus, que tiene poco de guerrero pero sabe muy bien cómo provocar una guerra. Cuesta aceptar el criterio ajeno, sus prioridades, sus necesidades y sus gustos si éstos no coinciden con los nuestros, y un porcentaje elevadísimo de las discusiones y malentendidos tienen esta sencilla raíz. La empatía, cuando no va acompañada del conocimiento, nos hace creer que los demás tienen las mismas prioridades y necesidades que nosotros, y corremos el riesgo de perjudicarles aun pretendiendo obrar del modo más adecuado y desde la más noble de las intenciones.

Ningún arquetipo planetario es autosuficiente y es necesario combinarlos todos con inteligencia y moderación para obtener una versión de la realidad lo más acertada posible. Los sesgos cognitivos son el resultado de la disociación arquetípica, de una excesiva polarización que repercute en los datos que se perciben del exterior y de la forma de procesarlos y clasificarlos. Un plutoniano aliado con Mercurio y desconectado del aullido del resto del panteón planetario, ignora lo que percibe y pondera en exceso lo omitido, que lo será siempre por alguna razón oscura y pecaminosa. El solar disociado lo interpreta todo en función del yo y de su amor propio, y tal es su sensibilidad hacia el ego que desconfía del humilde, a quien considera un arrogante y un hipócrita incapaz de aceptar y exhibir su desmesurada autoestima. Interpretando a Rochefoucauld, al solar le molesta la soberbia de los demás porque ofende a la suya. De igual modo, un Marte en su estado más primitivo cree vivir en una jungla donde impera el egoísmo y donde cualquier muestra de empatía es una expresión refinada de un interés personal. Está claro que Mercurio se vende al mejor postor y puede adoptar el discurso que mejor convenga al jefe que le contrate. Su permeabilidad le permite identificarse con cualquier causa, por abstrusa que sea, y defenderla esgrimiendo una lista de razones en las que pueden converger lo disparatado con lo verosímil. Cualquier idea puede ser defendida y compartida si conecta con los registros emocionales básicos del interlocutor. De ahí que los grandes mentirosos acostumbren a tener fuertes relaciones entre Mercurio, Luna y Júpiter, porque sus palabras viajan directamente hacia el corazón de las creencias y las emociones más primitivas, allí donde la defensa racional no tiene ni voz ni voto.

Los expertos en Programación Neurolingüística saben que el lenguaje empleado por cada individuo revela sus construcciones mentales internas, y éstas, su filosofía de vida y sus sesgos perceptivos. Como astrólogos podemos detectar la voz de un planeta dominante y evaluar si el discurso de éste es totalitario o democrático, racional o emocional, excluyente o integrador. Lo realmente complicado es que nuestra propia voz, con sus distorsiones, no desvirtúe el análisis, y acabemos vendiendo de forma consciente o inconsciente nuestro modelo de realidad como el más deseable. Como astrólogos y terapeutas deberíamos conducir al consultante a que descubra su propio criterio, elimine el ruido indeseable de sus prejuicios, acepte el papel que en su vida juega cada uno de los arquetipos y que sepa darle a cada uno de ellos el instrumento ideal para que la orquesta de su vida exprese la auténtica melodía de su ser.

Robert Martínez, 2013.



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